2010: veinte historias de amor(es) y una cuestión inesperada

Ante todo, ésta es una lista de los libros que más he disfrutado leyendo o releyendo este año. La mayoría no han sido editados en 2010, lo que no quiere significar nada —o sólo que la literatura no tiene fecha de caducidad y no es pasto de las modas—. Algunos no los había leído con anterioridad, y otros los he vuelto a leer en estos meses con un resultado (y aprendizaje) personal incluso superior al de la primera vez. La comparto ahora como todo lo bueno que, en el terreno literario, me ha ido sucediendo desde que comencé a colaborar en este espacio.

Veinte historias de amor(es)

Bouvard y Pécuchet. Debo aclarar que el orden de las obras es puramente temporal, no obedece a ningún criterio oculto, ni tampoco persigo distinguir unas de otras a la manera de rankings ni asignar podio alguno. Dicho lo cual, añado que la pertinencia aquí de esta aclaración y no en la breve presentación del texto viene dada por la temática de esta magnífica y genial novela de Gustave Flaubert, que leí por primera vez hace varios años y en 2010 incluso la he comprado. Trata, como sabéis, de la imbecilidad humana —más extendida que la de los dioses—. De dos tipos franceses que, con la herencia recibida por uno de ellos, compran una finca rural y se lanzan a una aventura de aprendizaje desnortado. Pertrechados, a modo de guía, de una intuición rudimentaria que les va haciendo seleccionar temáticas y disciplinas sin más nexo de unión entre sí que los engarces del saber, o mejor, del no saber nada. La vigencia temática es incuestionable. Cabe observar Bouvards y Pécuchets a diario y en directo, en la radio, la televisión o tomando una cerveza en la barra de un bar. No digamos ya leyendo.

El coleccionista. De nuevo he de insistir en la ausencia de dobles sentidos, pues en esta fantástica novela de John Fowles (comprada) se narra el secuestro de una chica de la alta sociedad británica, bella y culta, por un gañán iletrado, funcionario de bajos puesto y cualificación, además de muy nerdoso. La novela se estructura en sendos diarios, dando cabida a las voces de cada uno de los dos personajes. Fowles, como es natural, alterna el registro dialéctico según se esté en el de él o en el de ella, en un ejercicio de estilo que obtiene un resultado envidiable. Su mejor virtud, no obstante, reside en su fuerte componente metafórica. Gana el mal, finalmente, no el capital ni la ilustración. La chica muere y la brutalidad sale de caza de nuevo. Como detalle curioso, señalo que en su día se convirtió en best-seller y que fue considerada novela de terror. Algo totalmente absurdo, aunque muy actual y propio de los precitados personajes flaubertianos.

Aire nuestro. Por si anteriormente no había quedado claro, el orden de esta lista es producto del orden de lectura durante 2010, año que aún no ha terminado. Me dice un amigo que me estoy precipitando al escribirla porque todavía puedo leer algo memorable en las pocas semanas que quedan hasta descorchar el cava de oferta. Examino mis posibilidades de elección y le contesto que, por mi parte, lo dudo. Dice que, aún así, él va a esperar un poco para hacer pública la suya. Y después me aclara que está leyendo a Manuel Vilas. Confiesa estar leyendo Aire nuestro, una novela que yo compré hace meses. Me quedo sin palabras, claro. Como suele decirse, me quedo sin habla, o con esa mudez que otorga. Ese silencio aquiescente.

Las primas. Esta novela está mal escrita a propósito. Me refiero a su sintaxis, a los usos gramaticales. Una chica disminuida en una familia de disminuidos. Tiene habilidades para la pintura y comienza a asistir a clases. Su profesor la anima y ella avanza en su educación artística y vital. La progresión en tal aprendizaje se advierte y se refleja en la escritura, realizada en primera persona. Escritura que no escatima en aclaraciones de por qué el uso de determinado vocablo y dónde fue hallado o aprendido. Nos divertimos leyendo, a la par que asistimos al desarrollo de una inteligencia natural que utiliza su lucidez en la defensa del entorno familiar. La novela ganó un premio que no recuerdo (la leí por medio de préstamo bibliotecario) en Argentina, hace poco. Un jurado importante que incluía a Rodrigo Fresán y Enrique Vila-Matas. Sorpresa de este último al abrir la plica y comprobar que Aurora Venturini, la autora, tenía 81 años.

Mis premios. No sé cómo me las apaño, pero en la sucesión de títulos y temáticas veo artificios semánticos que me apresuro a desmentir. Esta vez quiero escribir sobre quienes, a mi juicio, lo merecen por su arte. Es el caso de Thomas Bernhard a raíz de esta recopilación de textos anteriormente diseminados. Discursos ofrecidos en la recepción de premios literarios, notas enviadas a periódicos, etc. (de nuevo, biblioteca): la capacidad de Bernhard para poner de manifiesto las distintas facetas del ridículo allí donde otros ven acciones políticamente correctas; su habilidad para borrar el disimulo y así desnudar lo que sólo puede ser nombrado como vergüenza; y su humor, ese humor. Pieza maestra es esa en la que vuelve a relatar el proceso de compra de ropa antes de recoger un premio absurdo. Como en uno de sus más famosos dramolette, Claus Peymann se compra unos pantalones y después vamos a comer, Bernhard satiriza ahora la concesión en sí del premio por medio del acto banal de elegir atuendo adecuado. Francamente genial.

La velocidad de la luz (biblioteca). De esta novela no me gusta el título y sí todo lo demás: el desarrollo, la lamentación, el tormento, la mugre, la sangre y la letra y la letra a raíz de la sangre, inútil. Todo es mentira, claro. La ficción no alcanza nunca a la realidad aunque lo parezca. Javier Cercas impactó después con un artefacto sobre nuestro Golpe de Estado Fallido más famoso, aunque en La velocidad de la luz escribió la que probablemente sea la verdad literaria más grande jamás contada: «Nadie lee tantos libros como tú si no es para acabar escribiéndolos».

Metamorfosis®. Registrar la mutación y ponerla a nombre de una forma de reflejar el mundo, eso es lo que Juan Francisco Ferré hace en esta brutal y avergonzante colección de relatos. Me inicié en la Ferremanía por medio de sus críticas río en Barcelona Review. Con las referencias que ofrecía en dicha revista confeccioné una hoja de ruta literaria que, inevitablemente, condújome a la senda de la minoría, al charco de la marginalidad. La fiesta del asno confirmó lo que ya sospechaba, y Metamorfosis® terminó de joder lo que probablemente fuera ya irremediable. Nada que hacer, ni que objetar: es ma®ca de la casa y al que no le guste ahí arriba tiene la puerta en forma de aspa. Pero quien no haya leído las aventuras televisadas del hombre-tronco, o las diferentes formas de eludir el lugar común de un gatillazo en un encuentro espontáneo, o la bitácora mental de una modelo fotográfica en la neblina post-Amis, entonces es que no ha leído verdadera Literatura. (A pesar mío, biblioteca…).

(biblioteca) Ángeles derrotados. Y llegamos a los libros rojos. O a cómo contar una ejecución en la silla eléctrica desde un lugar perdido en los cerros de la Úbeda norteamericana. La historia de un fracaso mil veces contada y un millón de veces adivinada en las expresiones y maneras de desplazarse de quienes nos cruzamos por la calle un día cualquiera a una hora cualquiera. Pero qué manera de contarlas tiene Johnson, Denis Johnson. Es lírico: no. Es minimalista: no. Es acaso maximalista, no. Es posmodernista: no. ¿Qué hace, pues? Dejaos de ejercicios adivinatorios, leedlo y lo sabréis.

Providence. (Compra) El uso de los paréntesis persigue un objetivo distinto del natural en una lista como ésta sobre las mejores lecturas de un año concreto. El uso de esos paréntesis pretende ofrecer una imagen real y no distorsionada acerca de las fuentes de abastecimiento de un lector habitual. El contenido de esos paréntesis es, pues, información de primera mano sobre mis propios cauces de aprovisionamiento. Si he comprado los libros o no. Si los he cogido prestados de una biblioteca o me los ha proporcionado un amigo. Sólo he robado un libro en mi vida y fue hace años, en uno de esos hoteles con encanto ponderados por guías subvencionadas. Ese libro robado fue escrito por William Shakespeare y estaba en inglés. Todavía lo tengo. Aún no lo he leído.

Black, black, black (bib). Y el motivo de esa lectura postergada es porque antes, mucho antes, lo hice en versión traducida. A todos nos gusta releer, pero somos caprichosos en cuanto al qué y al cuándo. Releemos a Borges, por ejemplo, sin tener en cuenta el tiempo sacrificado en tal repetición. Paradójicamente, a Borges lo releí hace un par de años en una edición distinta a la de las primeras veces. Sus Obras Completas las trajo mi hermano desde Argentina, donde costaron mucho menos de lo que pedían en España por ellas. Esas Obras Completas magníficamente editadas por Emecé en cuatro tomos color caramelo y en las que se aprende tanto. Creo que esa misma edición debería estar en todas las bibliotecas del país.

Tres tristes tigres. Como lo está la de esta novela de Guillermo Cabrera Infante. (Quiero decir: biblioteca.) Una novela ideal para estar de fiesta leyendo. Ideal también para desprejuiciarse en más de un sentido. Una obra de arte de la narrativa del devenir lenguaje hecha semántica y trenzada con la sintaxis del recuerdo de noches y amaneceres y cuerpos rotundos. La he releído este año en una edición deluxe y, cómo no, sigue siendo fantástica. No ha perdido ninguno de sus atributos.

Subterráneos. O de cómo encerrar una gran obra en el limbo de la distribución. De cómo condenarla a —encarcelarla en— referencias de búsquedas improbables (N MOR SUB —biblioteca—). De cómo la actualidad escupe toneladas de mediocridad sobre lo verdaderamente interesante. De cómo sobrevivir en una estantería rodeada de polvo y mierda. De cómo brillar sobre una portada en negro y bajo un logotipo editorial que sabe seleccionar pero no mercadear. De cómo reducir la Literatura a meras Signaturas: N de Narrativa, MOR de Vicente Luis Mora, SUB de Subterráneos.

Ventajas de viajar en tren. Esta novela también es antigua (biblioteca), algo menos que el amor, y bastante menos que la luz. La escribió Antonio Orejudo. Sí, el mismo que dice llevar una gorra tradicional para protegerse del frío estadounidense y que por analogías lejanas no deberían echarse los caballos sobre quienes gastan burkas islámicos. Sí, ese que recibió Públicamente hostias hasta debajo de la lengua por defender lo políticamente incorrecto. Esta novela suya es puro humor empapado de sudor literario. Me reí con ella como pocas veces con un libro de Alfaguara, si exceptuamos las historias de Manolo Vilas. Sí, el genial Vilas. Sí, el también genial Orejudo, Antonio.

Ferdydurke. Alzo la vista párrafos arriba y compruebo que el porcentaje de obras publicadas este año sobre el total de las relacionadas es bajo. Pienso y recapacito para asegurarme de que con esto no quiero decir nada oculto u oscuro. No escribo sobre los mejores libros de 2010, sino sobre aquellos que más he disfrutado. En general, creo haberlo conseguido con el noventa por ciento de mis lecturas. En general, suelo leer los mejores libros publicados y no publicados. En general, sí, sé elegir y además soy un tipo con suerte. Pero si los relaciono todos este texto tendría veinte o treinta páginas. Una envergadura contraindicada para su lectura en pantalla. Para nuestra incapacidad de fijar la atención en algo concreto durante más de un minuto o minuto y medio. Cómo se pretende entonces que los lectores se interesen por esta obra vieja o vieja obra de Witold Gombrowicz. Ahora estamos más por la jeunesse fragmentaria e interrupta. Somos amantes de lo breve y del cuculio. Lo nuestro es un nopodermiento con los tochazos de más de cien páginas. Todo lo que sobrepase ese breve instante de felicidad electrostática y orgásmica es un Töston, como más o menos viene a decir uno de los muchos verdaderofalsos críticos del 322 de Quimera Avenue (biblioteca). Ahora lo cool es la literatura rápida y por eso…

Nocilla Lab (b) no es la novela más vendida de la trilogía literaria más vendida de los últimos tiempos. Quizá porque es la última. O quizá no. Es posible que haya una huelga de lectores y no nos hallamos enterado. El déficit de lectura no genera alarma social. Entre otros motivos porque es la Sociedad quien no lee. O si lo hace, elige sucedáneos. Algo facili-to, oh-oh-oooh. Nada de dobles intenciones, subterfugios, artefactos ni reciclajes mutacionales. Ni, por descontado, gadgets rizomáticos. ¿Ni aunque aparezca Vila-Matas, eh? ¿Ni aunque aparezca la caricatura de un Vila-Matas anfitrión en una plataforma petrolífera, recibiendo a un Fernández Mallo también metamorfoseado en personaje de cómic?

Intente usar otras palabras. Aunque igual sí, es posible que haya alterado, siquiera un poco, el orden de aparición, porque no estoy respetando el orden de lectura exacto (comprada). No quiero hacer públicos mis dientes de sierra. Porque todos los tenemos. Sólo que los míos casi no se notan al escribirlos. Hacemos un esfuerzo y apretamos los labios, la boca convertida en una rendija de carne. De esta guisa os digo: si no sabéis quién escribió esta fenomenal novela, entonces quizá tenga que comenzar desde el principio. De nuevo. Nadie dijo que fuera fácil. En realidad, nadie me dijo nada.

Las teorías salvajes. De esta novela gusta, sobre todo lo demás, su tremenda y gigantesca impostura lingüística. Pola Oloixarac reescribiendo, cual orfebre en pijama y tocada de pasadores, cada frase con el afán de torcerla un poco más. Frases estrujadas en el garrote vil después de haberlas hecho crujir en el potro del procesador. Antropología narrada con la cosmética de un castellano transcontinental. Mereció recomendaciones en magazines femeninos de tirada gruesa y lectura visual. Se benefició de la condición de su autora, cuya escritura debiera ocultarla (comprada). Al final opté por escribirle una carta usando las artes del ocultamiento y la mentira. Recibí contestación intermediada a vuelta de post. Muy divertida.

Homo Sampler. El lector medio se comporta como ElCorteInglés con su cacharrería informática: no la cambia hasta que no le han demostrado que la migración está exenta de riesgos. Y por mucho que se lo repitan, ese lector no se da por aludido. El lector siempre es el otro, nunca uno mismo. Pasa como con esa España, que empieza a partir o más allá de nosotros, sin incluirnos. Por eso al lector le da miedo asomarse al pensamiento de Eloy Fernández Porta (comprada). Le horroriza la posibilidad de verse retratado ahí dentro. Una cosa es darse cuenta uno mismo, y otra diferente es que venga este tío y te lo diga por escrito. Que te diga: eres un ur-capullo construido a partir de tendencias superadas. Como todos nosotros. Como todo el mundo. Que te diga: por mucho que te dediques a mirar por encima del hombro y dártelas de avanzadillo, al final no eres más que un hombre-tronco. Sin brazos. Sin piernas. Jódete: no eres cool. Porque lo cool no existe. Estamos atrapados en un gigantesco engaño multinacionalsocialista que, como toda mentira que se precie, es actually kitsch. Basura reciclada pespunteada de emociones como burbujas. ¿A que jode? Y que además no te diga: lo siento.

Contraluz. Esta brutal novela la compré en mayo, pero la leí hace poco. Pynchon se ha ido poniendo de moda durante 2010. Muchos consumidores han adquirido Contraluz en librerías y establecimientos asimilados. Unos pocos incluso han sido tan sensatos, o han estado tan acertados, como para leerla. No así la mayoría. Y tampoco hay que culparlos: un libro así de gordo es ideal para la decoración de ambientes. Cuando vienen visitas a casa, queda fantástico que comprueben las cosas raras que uno lee, y sus dimensiones. Creo que la editorial desaprovecha la oportunidad de vender por separado, como parte de una estrategia de merchandising pynchoniano, la cáscara de Contraluz —y de Mason y Dixon y El arcoris de gravedad—: un libro-caja vacío a precio popular y ampliando su distribución a comercios dedicados al interiorismo. Para guardar fotos, o reservas de maría.

Correspondencias. A través de este web he hecho nuevos amigos. Algunos incluso me leen, lo que me sorprende y les agradezco sinceramente. La lectura no tiene por qué ser una actividad solipsista. La lectura, si lo es de literatura, puede ser compartida. La otra, la no literaria, como mucho es sólo comentada. Aquello que carece de valor no provoca sino discusiones huecas, vacías. Esta novela de Hugo Abbati es literatura y también una rara excepción a todo. Por lo que he investigado, puede que el mismo Abbati sea alguien excepcional. Su novela me la regaló un amigo, en primicia. He escrito sobre ella como sobre muchas otras incluidas en esta lista, y también he conversado sobre sus características y sobre por qué se trata de una novela que nos gusta tanto a quienes hemos tenido la suerte de poder leerla. Normalmente es el morbo lo que nos incita a extendernos sobre un tema. Y aunque ese morbo lo suscite el poner las cosas claras sobre una mesa, no deja de chocar que prefiramos entrar al trapo cuando hay palos y bastante menos o nada en el momento de los abrazos. Esta novela se presenta en enero, ya veremos qué pasa.

El Dorado. Y otro amigo me prestó esta novela. Tiene gracia que disfrutemos más con lo que no es nuestro. Con lo que no hemos adquirido y no es del dominio público. Pienso seriamente en esto que acabo de escribir, no sea que esté mirando con otros ojos los libros así conseguidos por un mero gesto de agradecimiento hacia quien me los proporcionó. Concluyo que no: hubo otros, ninguno malo, ya lo he insinuado antes, pero éste y el de antes los he disfrutado de veras. Ésa, el puro gozo, es la principal razón de que la lista no sea de diez o doce títulos. Y si dispusiera de más atención, que no quepa duda de que me explayaría sobre otros diez o veinte (sí, ya sé que la lista tiene veintiún libros, no veinte; ¿y qué?), sin importarme caer en la repetición. Una verdadera fiesta literaria en la que os iría prestando aquellos libros que fueran míos o de mis amigos, con su permiso.

Y una cuestión inesperada.

¿Por qué hay ahí arriba libros viejos? Libros publicados en 2009, 2008, 2006, en el siglo XX, en el siglo XIX. Debido a esta paradoja, ya hay quien ha dicho que algunos han descubierto a Los Beatles este año —supongo que no se referirá a infantes, sino a viejales—. Naturalmente, lo dicen con sorna. Quizá los muy eruditos sólo lean Novedades, y no relean porque (eso dirán) ya lo hicieron y lo antiguo es para primerizos y ya no es cool. Quizá por eso en las revistas y publicaciones literarias casi sólo leemos sobre medianería.

Gente, si redujéramos el ámbito de nuestras lecturas a lo puramente recién impreso, casi dejaríamos de leer por completo. Careceríamos de referencias. Seríamos expertos en malos facsímiles de autores desconocidos por olvidados. Qué horror: los lectores adquiriendo —para no leerlo— lo último de Thomas Pynchon (que, no lo olvidemos, es de noviembre de 2006) sin haber leído su anterior obra. O sin haber leído a su enemigo Gaddis, o a su maestro Nabokov. O a Flaubert, Dostoievski, Sterne, Cervantes… Gente que confiesa no haber leído a Kafka pero sí a un novel. Gente que no lee, claro.

José Luis Amores
http://bolmangani.blogspot.com

José Luis Amores

José Luis Amores (Málaga, 1968) es Licenciado en Ciencias Empresariales por la Universidad de Málaga. Especializado en marketing, ha fundado varias compañías que después ha vendido a diversas multinacionales. En la actualidad ejerce su profesión como freelance. Ha sido colaborador de Diario Málaga y de la revista Papel Literario.

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