“Choque de reyes”, de George R. R. Martin

Por | Reseñas | 5.04.12

Choque de reyes. George R. R. Martin
Traducción de Cristina Macía,
Adela Ibáñez y Natalia Cervera
Plaza y Janés (México, 2012) /
Gigamesh (Barcelona, 2011)

No he querido saber pero he sabido que entre los poquísimos o inexistentes detractores de esta saga de épica fantástica no falta quien le reproche su “estilo ínfimo”, como si una gran obra literaria implicara necesariamente un estilo ornamentado y no uno eficaz que sugiera mucho más de lo que dice. Esos escasos o inexistentes detractores, siempre empeñados en enmendar la plana a quienes les preceden, harían bien en recordar o descubrir las sabias palabras de Raymond Carver a propósito de la escritura de sus cuentos: “Tanto en la poesía como en la narración breve, es posible hablar de lugares comunes y de cosas usadas comúnmente con un lenguaje común pero preciso, y dotar a esos objetos -una silla, la cortina de una ventana, un tenedor, una piedra, un pendiente de mujer- con los atributos de lo inmenso, con un poder renovado. Es posible escribir un diálogo aparentemente inocuo que, sin embargo, provoque un escalofrío en la espina dorsal del lector”. Sin duda, podemos hacer extensivo este postulado a la novela, y estaríamos hablando del trabajo de autores como George R. R. Martin, a quien no le hace falta valerse de florituras de lenguaje para perpetrar una serie narrativa de altos vuelos.

En Choque de reyes,  Martin continúa, sin perdida alguna de vigor, la ambiciosa empresa iniciada con Juego de tronos. Asumir que quienes seguimos la serie lo hacemos solo para descubrir la resolución del conflicto central implicaría una lectura muy corta de miras. Es verdad que, a diferencia de otras sagas como Harry Potter, en las que cada entrega suele corresponder a una aventura completa, con ganadores y perdedores reconocibles y una resolución satisfactoria, aunque temporal, en Canción de hielo y fuego el conflicto parece lejos de resolverse, ni siquiera de forma transitoria; en vez de ello, se va intensificando y va abriendo más incógnitas y líneas narrativas sin concluir ninguna. Pese a lo anterior, no son necesariamente las respuestas escamoteadas las que retienen al lector: el suspenso es un elemento relevante en la saga (lo cual no tiene nada de censurable), pero no su único atractivo.  El mayor mérito de estos libros es, quizás, saber combinar un ritmo narrativo trepidante con personajes fascinantes, pletóricos de claroscuros, y un mundo ficticio de gran complejidad que tiene como centro la ambición de poder y como alrededor las pasiones humanas en general.

A diferencia del primero, este segundo libro de la saga arranca con algo de morosidad. Quizás el autor se puede dar ese lujo luego de publicada una primera entrega que involucra casi fatalmente al lector con la historia narrada. No es que ande escaso de acciones el arranque de Choque de reyes, sino que el nivel de tensión no es alto: Martin se dedica a preparar el terreno para los próximos enfrentamientos. Así, nos enteraremos de que son cuatro los nobles que se han declarado reyes luego de la muerte de Robert Baratheon, y de cómo van acomodando sus cartas para hacerse con el trono de hierro; del destino actual de Arya y Sansa Stark, luego del inesperado deceso de su padre; de las gestiones de Catelyn Stark para evitar que los Baratheon se embarquen en una guerra fraticida; de la ascensión de Tyrion Lannister como mano del rey y su ambigua posición respecto de su hermana y su sobrino, reina regente y rey respectivamente; de las ambiciones de nuevos y viejos actores que podrían ser determinantes en el reparto del poder. En todo caso, todo lo narrado en este primer tramo de la historia -las primeras 200 o 250 páginas- resulta necesario, muy significativo para acontecimientos ulteriores. La tensión va aumentado de forma gradual y sostenida hasta alcanzar niveles en los que dejar el libro se vuelve una tarea ardua.

Al igual que en Juego de tronos, en Choque de reyes hay un narrador en tercera persona que adopta la perspectiva de diversos personajes. Cada capítulo va encabezado por el nombre del personaje cuya perspectiva se representa; las enfoques se van alternando de forma flexible, según las necesidades de la trama. No todas estas líneas narrativas son igual de poderosas. Sobre todo resultan débiles respecto de sus pares las dedicadas a Jon Nieve, el hijo bastardo de Ned Stark, y a Daenerys Targaryen, la reina exiliada que pretende volver a los Siete Reinos del Poniente para reclamar lo que le corresponde. Aunque estos dos planos tienen un aire de amenaza inminente (en el caso del de Jon Nieve, por los inquietantes descubrimientos que este y sus compañeros de la Guardia de la Noche hacen alrededor del muro de hielo), en ellos no hay grandes avances respecto de la primera parte de la saga. En Tormenta de espadas, la tercera entrega de la serie, deberán cobrar mayor relevancia para evitar el riesgo de fatigar al lector de forma innecesaria.

Si bien la celebración de esta serie épica ha sido prácticamente unánime, no falta y no faltará quien, esgrimiendo esa idea conservadora e inaceptable de que todo lo que vende es malo, de que el éxito es imperdonable, de que la gran literatura está siempre en los márgenes, oculta y rara, la descalifique. Que quede claro: Canción de hielo y fuego no es “literatura de aeropuerto” (concepto infeliz donde los haya: ¿no se puede leer el Ulises o La montaña mágica entre vuelo y vuelo?). Es, en cambio, una empresa mayúscula, de una enorme ambición: la creación de un mundo amplio, complejo, congruente, gozosamente adictivo, elaborado hasta en sus mínimos detalles, cuya materia prima son las motivaciones humanas exacerbadas por la ambición, por la pérdida, por el ensueño, por la lujuria, por el desprecio; un mundo poblado de personajes hondos y contradictorios, lejos de las categorías absolutas de héroes y villanos; un mundo que nos divierte, sí, nos apasiona, pero también nos permite explorar, tal como interesa a Kundera que haga la novela, las posibilidades del ser humano, sus dolores y sus alborozos, sus alcances y sus frustraciones.

Como he tratado de explicar, Choque de reyes no es una novela impecable y no necesita serlo: posee una fuerza arrolladora y una desmesura de novela total que exalta y recompensa al lector el esfuerzo y el tiempo invertidos, y que vale mucho más que un excesivo celo y que la búsqueda de moderación y exacta simetría. El libro confirma la calidad y el interés de la saga que la abraza, a la que puedo calificar desde ya, con solo dos libros leídos, como una de las cimas de la épica fantástica.

Javier Munguía
http://javiermunguia.blogspot.com

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