“El gran Gatsby”, de Francis Scott Fitzgerald
Por Javier MunguÃa | Reseñas | 4.04.10
El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald
Traducción de José Luis López Muñoz
Alfaguara (México, 2010)
Francis Scott Fitzgerald (Minnesota, 1896-Holywood, 1940) fue parte de un grupo de escritores llamado por Gertrude Stein la “Generación Perdidaâ€: narradores norteamericanos nacidos a finales del siglo XIX que vivieron muy de cerca la Primera Guerra Mundial, su fin y la posterior desesperanza ante la destrucción masiva del hombre por el hombre. Otro rasgo que comparte el grupo, en el que se incluyen, además de a Fitzgerald, a Hemingway, a Faulkner, a Dos Passos y a Steinbeck, es haber vivido en ciudades de Europa luego de la guerra.
Estos escritores tendrÃan importancia capital, junto a los grandes renovadores de la narrativa europea del siglo XX, como Kafka, Joyce, Proust y Virginia Woolf, en la fragua de la nueva novela latinoamericana, que empezó a dar frutos a finales de la década de 1950.
El gran Gatsby, publicada por Fitzgerald en 1925, es una de las obras más emblemáticas de dicha generación, junto con otras novelas como Manhattan Transfer (1925) de Dos Passos, El sonido y la furia (1929) de Faulkner y Adiós a las armas (1929) de Hemingway. En El gran Gatsby no vemos ese impulso de innovación que es el eje de los trabajos de Faulkner o Dos Passos. Estamos ante una novela formalmente sencilla que se sigue reeditando (Alfaguara la acaba de publicar) y perdura sobre todo por su agudeza al cifrar en una anécdota simple las vicisitudes del fracaso humano.
El protagonista se hace llamar Jay Gatsby y persigue un solo sueño en la vida: recuperar al amor de su juventud, de quien se separó años atrás por ser un pobretón que nada podÃa ofrecerle a Daisy, una muchacha acostumbrada a vivir en la opulencia. Pese a ello, Gatsby no se resignó y se dio a la tarea de volverse rico, aun a costa de participar en negocios turbios. Cuando se reencuentra con su amada y parece que al fin va a concretar su anhelo, la vida se encarga de desmentir sus más queridas ilusiones.
La novela está narrada por Nick Carraway, primo de Daisy y, como esta y Gatsby, proveniente del Medio Oeste norteamericano, emigrado al Este en busca de una vida mucho más estimulante que la ofrecida por su tierra natal. Poco a poco, Nick se irá involucrando con la esquiva historia de Gatsby, que tanto él como el lector conocerán a retazos, en desorden, de forma parcial, pero con todas las claves para entenderla.
En sus primeras 100 páginas, el libro se esfuerza por convencernos de que su materia prima es la frivolidad y el sinsentido: las fiestas de ricos sin cerebro a las que asiste Nick se suceden una tras otra, con sus excesos, huecas conversaciones y aburrimiento disfrazado de regocijo. Tanto se insiste en ello que el lector corre el riesgo de cansarse. Pero, de pronto, justo a tiempo, la figura de Gatsby cobra importancia y revela con sus pormenores que todo lo anterior busca crear un contraste con la conmovedora historia de amor que nos clava los colmillos de modo fulminante.
A decir verdad, también Gatsby participa de esas hueras reuniones. Incluso es frecuente que las ofrezca en su casa. Pero estos ágapes no tienen otro sentido para su anfitrión que adquirir un estatus para ser digno del amor de Daisy.
La crÃtica social de El gran Gatsby es severa: el individuo soñador, persistente, que cambia incluso de nombre, que se crea una nueva identidad para abandonar su condición de marginal, formar parte del grupo y asà acceder a su acariciado anhelo, es aplastado por una sociedad que, tras su boato, esconde su falta de seriedad, de compromiso y su incapacidad de sentir algo más que sus mezquinos y más inmediatos apetitos.
Tiene razón Vargas Llosa al afiliar a Jay Gatsby con don Quijote y Madame Bovary: los tres pelean batallas de antemano perdidas que, sin embargo, los dignifican como seres humanos, al no resignarse a admitir solo lo que la realidad les ofrece; a tener el atrevimiento de mirar más alto, de darle al mundo, gracias a su enfebrecida imaginación, algo que antes no tenÃa, aun cuando terminen apaleados, muertos. De ahà el adjetivo que acompaña al apellido ficticio del protagonista en el tÃtulo de la novela.
El gran Gatsby es para el siglo XX lo que fue La educación sentimental de Flaubert para el XIX: una crónica imaginaria de los sueños condenados a la frustración, al olvido y a un fracaso glorioso, testimonio de lucha, que es castigo y recompensa a un mismo tiempo.
Javier MunguÃa
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