“El niño que se cayó en un agujero”, de Jordi Sierra i Fabra
Por Javier Munguía | Reseñas | 30.01.10
El niño que se cayó en un agujero.
Jordi Sierra i Fabra
Ilustraciones de Riki Blanco
Libros del Zorro Rojo (Barcelona, 2008)
Con casi 400 libros publicados, Jordi Sierra i Fabra sigue infatigable. Este hombre-pluma parece vivir dedicado de forma exclusiva a contar historias que, en primera instancia, entretienen y emocionan al lector; pero que también se convierten, en ocasiones, en severas críticas contra la sociedad, como es el caso de El niño que vivía en las estrellas, publicado por primera vez en 1996. El libro que me ocupa hoy, El niño que se cayó en un agujero (2008), se mueve en esa línea.
En esta novela se habla de Marc, un pequeño de 10 años que, al transitar por una calle solitaria, cae de lleno en un hoyo en medio de la banqueta. Lo natural es que cuando uno cae en un agujero no demasiado profundo, tome impulso y salga, dando por zanjado el asunto, quizá sin librarse de uno que otro raspón o magulladura. Pero resulta que a Marc el hoyo donde ha caído lo constriñe, impidiéndole salir. Deberá, pues, si quiere verse libre, pedir ayuda a los escasos peatones que coincidan en su camino.
Lo que no tenía pinta de tarea peliaguda se convierte en una pesadilla kafkiana: con medio cuerpo fuera del agujero, Marc pedirá ayuda a personajes muy distintos entre sí, que tendrán en común el poco o nulo interés que le prestan. Incrédulo ante su triste destino, Marc de cualquier modo no se da por vencido. Seguirá insistiendo por ser escuchado, y quizá lo logre, mientras reflexiona sobre sus conflictos más acuciantes.
El niño que se cayó en un agujero se presenta, de forma clara, como una fábula sobre el egoísmo y la indiferencia del mundo ante los problemas ajenos. Representantes de la ley, de la Iglesia, de la prensa, madres de familia, ancianos solos, personas con discapacidades: todos pasarán ante Marc demasiado ocupados con lo suyo, inmersos en el cumplimiento de reglas absurdas o prestos a sacar provecho de la desgracia ajena.
El narrador relata desde una tercera persona que asume la perspectiva de Marc. Cada capítulo tiene como vértice uno de los encuentros entre el niño y el resto de los personajes. La prosa carece por lo general de ornamentos, pero se permite algunas imágenes que dan una dimensión poética al libro: “La noche lo bañó con su manto de misterio”.
Las ilustraciones que acompañan al texto, en negro y azul, a cargo de Riki Blanco, oscilan entre la sátira y la ternura, del mismo modo que el libro.
El niño que se cayó en un agujero nos enfrenta, con talento y emoción, a algunas de nuestras más conocidas taras, que en ocasiones obviamos por tener tan cerca, como en “La carta robada” de Poe.
Javier Munguía
http://javiermunguia.blogspot.com












