“El último Dickens”, de Matthew Pearl
Por Javier Munguía | Reseñas | 24.11.09
El último Dickens. Matthew Pearl
Traducción de Manu Berastegui
Alfaguara (Madrid, 2009)
Resultan un tanto chocantes esos ejercicios taxonómicos que marcan una línea severa e infranqueable entre la presunta gran literatura y la literatura de consumo, de entretenimiento. Dichos ejercicios contribuyen a extender el prejuicio de que la “gran” literatura es necesariamente ardua e inaccesible al lector común, quien tendría que resignarse a leer literatura “ligera”, que sólo lo entretenga. En realidad, esa frontera entre una y otra es cada vez más evanescente e imprecisa. De otra manera, no se explicaría el comentario celebratorio de un clásico de las letras en español como Mario Vargas Llosa referido a las novelas del best seller sueco Stieg Larsson. No se limita Vargas Llosa a consignar su entusiasmo por la trilogía de suspenso de Larsson, sino que incluso le da la bienvenida a la inmortalidad literaria a una de sus protagonistas, Lisbeth Salander.
Con lo anterior quiero decir que una novela de suspenso o thriller no tiene por qué estigmatizarse como literatura menor. Más útil resulta juzgar los libros pertenecientes a este género por sí mismos, desde una óptica desprejuiciada. La novela que ahora me ocupa es, justamente, un thriller. Se trata de El último Dickens, de Matthew Pearl, una de las publicaciones más recientes de Alfaguara.
El último Dickens se desarrolla en dos planos narrativos que se alternan en relación de uno a uno hasta converger: el primero de ellos se ubica en 1870, poco después de la muerte de Charles Dickens. El gran escritor no habría alcanzado a terminar su última novela, El misterio de Edwin Drood, dejándola a la mitad. Toda la tensión narrativa de este plano descansa en las interrogantes planteadas en torno al manuscrito: ¿en realidad Dickens sí escribió la parte restante? ¿Qué oscuros intereses están en busca del libro, al grado de matar a quien se interponga en su camino? Uno de los editores estadounidenses de Dickens, cuya empresa está en crisis, viajará a Inglaterra para tratar de recuperar el trozo perdido del libro y salvar a su empresa de la ruina, a la vez que resuelve el misterio.
El segundo plano se remonta tres años atrás, cuando Dickens realiza su última gira por Estados Unidos. Esta línea narrativa tiene su propio motivo de suspenso: una extraña mujer aparece en cada una de las presentaciones del autor; Tom Branagan, una suerte de guardaespaldas de Dickens, teme que la mujer atente contra el autor. A su vez, la resolución de este misterio contribuirá al desvelamiento del principal, planteado en el primer plano.
El último Dickens es una novela que no da tregua a su lector: dosifica de manera sabia y contenida su información, sus revelaciones, de tal manera que no haya forma de dejarla. Al ser dos los planos narrativos, el suspenso es doble. Sus personajes están bien configurados, ya que tienen motivaciones verosímiles y por ello son capaces de imponerse al lector como “reales”.
Sin embargo, también se le podría reprochar a Pearl que no ahonda en la condición de sus personajes y hace depender su novela demasiado de la revelación del misterio. Además, cae en algunos lugares comunes del género, como casualidades inauditas, golpes de suerte extraordinarios y un actuar demasiado heroico o falto de amor por la vida de sus personajes en los momentos críticos.
A pesar de ello, El último Dickens es una muy buena novela. Porque gracias a su astuta estructura y su estilo funcional, arroba al lector de tal modo que para cuando llega al punto de verse en la disyuntiva de aceptar o no sus excesos, los acepta, y no como tropiezos, sino como parte de la dinámica misma del texto. Además, novelas como ésta nos devuelven la idea de la literatura como un gozo, como una urgencia de seguir leyendo, ni más ni menos que como si la vida se nos fuera en ello.
Javier Munguía
http://javiermunguia.blogspot.com












