Entrevista a José Calvo Poyato, autor de «El sueño de Hipatia»

José Calvo Poyato tiene una trayectoria muy dilatada y solvente, tanto en su faceta de historiador como en la de novelista. Su última obra, El sueño de Hipatia, publicada por Plaza & Janés, nos ofrece una acción trepidante en dos épocas distintas pero coincidentes a la vez, porque el ser humano es el mismo de siempre.

El autor nos concede esta entrevista con la que quiere adentrarnos en su nuevo trabajo y en una reflexión sobre el mundo de hoy como reflejo del de ayer.

Creo que todas las novelas son mentira, incluso las históricas ¿qué opinas de esta afirmación?

Tiene algo de verdad. Y digo algo solamente. Yo siempre he dicho que una novela es una obra de ficción y que en una novela histórica el sustantivo es novela,  por lo tanto a nadie se le puede pasar por la cabeza que, cuando en El sueño de Hipatia recreo un diálogo, estuviera al otro lado de la puerta escuchando lo que decían con una grabadora. En cierto modo eso que dices tiene una buena parte de verdad. Pero yo añadiría que, en el caso de una novela histórica, si se trata de una buena obra, probablemente la ambientación ha podido ser cuidada en el sentido de que la gente de la época vive o se viste de una manera. Si esto se ha recogido con cierto rigor podemos tener una obra de ficción en la que se han incluido elementos que pertenecen al mundo real.

En tu caso, ¿quién manda cuando escribes, el Catedrático de Historia o el escritor?

En el caso de una novela sin duda alguna el escritor. Escribí mi primera novela histórica por una razón muy concreta. Yo había trabajado mucho en la época del final de los Austrias y el comienzo de los Borbones, de hecho mi tesis doctoral versa sobre ello. Y creo que a todos los historiadores, o por lo menos a muchos, nos termina despertando simpatía o antipatía aquellos personajes a los que nos hemos acercado mucho. Y tengo que confesar que, con un personaje tan débil desde el punto de vista histórico como Carlos II, el historiador no puede tomarse ninguna licencia con la debilidad de ese personaje, pero un novelista sí. Por lo tanto me permití licencias cuando escribí El hechizo del rey. Fue una manera de presentar a un Carlos II que, teniendo un cierto perfil histórico, respondía a ciertas percepciones puramente personales. El novelista puede dejar correr la imaginación, la fantasía, pero el historiador se debe a la rigurosidad de su método y a interpretar, lo más limpiamente que entienda, los datos y la documentación que tiene delante. Otra cosa es que esos datos o fuentes puedan estar viciadas, siempre he dicho que la Historia la escriben los vencedores y, por lo tanto, nos dan una visión que es la suya y con esa trabajamos los historiadores. Ahora, con esos datos, el historiador puede intentar leer entre líneas procurando ser muy fiel a la documentación que maneja. El novelista no tiene ese problema.

Donald Burton es inglés y protagoniza la parte moderna de la novela. ¿Por  qué no un español?

Por una razón fundamental: la España de 1947-1948 no estaba para muchos trotes. Era una España donde había hambre, dificultad de abastecimiento, donde las necesidades alimenticias se satisfacían con cartillas de racionamiento. Por tanto, presentar en este país a un periodista que puede salir, que puede viajar por el extranjero con facilidad cuando el régimen de Franco en ese momento está aislado internacionalmente, hubiera supuesto una situación mucho menos creíble que en manos de un británico.

La época de Hipatia se parece mucho a la nuestra. El cristianismo quería imponer por la fuerza su doctrina. ¿No se parece eso a lo que está pasando en nuestros días con muchos temas?

Hay elementos que nos permiten establecer un paralelismo entre aquel mundo y el nuestro. Yo iría incluso más allá. Creo que el mundo de la Alejandría que vivió Hipatia, finales del siglo IV y principios del V, es un mundo agotado. Ni siquiera estamos hablando de crisis sino de agotamiento. Hay elementos que me permiten vislumbrar que nosotros también estamos en el final de un ciclo. Y no lo digo porque haya una ola de pesimismo que inunda el mundo occidental, o porque estemos en una crisis de proporciones muy importantes, sino por hechos que se viene dando. Por ejemplo: el mundo rico de aquella época, a pesar de que estaba en crisis, era el romano y había mucha gente fuera del imperio que quería entrar en ese mundo rico, porque se vivía mejor. De hecho, las autoridades romanas concentran las legiones en las fronteras ejerciendo mecanismos de control para impedir que la gente entre. No hace falta tener mucha imaginación para trazar el paralelismo. Otros hechos: aquella época se caracterizó por una grave crisis de natalidad, los matrimonios tenían pocos hijos mientras los pueblos que vivían fuera se desarrollaban demográficamente con mayor intensidad. Los romanos habían forjado su imperio a base de golpe militar, un distintivo del imperio romano eran sus legiones. En esa época, los romanos no tenían muchas ganas de ser soldados para luego retirarse a recibir los beneficios, así que contrataban tropas mercenarias que se encargaban de defender la frontera. La gran frase de aquella época era “pan y circo”. Los circos se llenaban como ahora y no hace falta tener mucha imaginación para saber cuáles son los circos de ahora donde la gente se reúne los domingos a gritar y a vociferar pidiendo una subvención, ese pan que se pedía en la frase. Creo que hablamos de un mundo donde la esperanza se había perdido, donde las viejas religiones no daban respuesta a las necesidades de aquella gente.

Hoy sabemos qué elemento sustituyó a ese mundo, a esa civilización greco-latina, romana, que se hundía estrepitosamente y que fue ese cristianismo que tiene un sector fanático que va a imponer muchas veces sus criterios. No acabo de ver qué puede sustituir a este mundo, tal vez en algún sitio del planeta se esté gestando algo que todavía no hemos sido capaces de detectar los contemporáneos y que dentro de unas décadas pensemos «esto fue lo que acabó con nuestro mundo», si es que este mundo se acaba, que a lo mejor no se acaba, no lo sé.

¿Cuál es el mensaje que nos quedará después de la lectura de El sueño de Hipatia? ¿Con qué reflexión nos dejas tras habernos entretenido con una buena novela?

La obra tiene dos partes con las que he pretendido dos cosas distintas, además de ese mensaje al que aludes. Tiene una parte que la podemos considerar novela histórica, que recrea la vida de aquella Alejandría que vivió Hipatia. Luego hay otra parte que es más de intriga, lo que los anglosajones llaman thriller, que pretende que el lector pase las páginas queriendo descubrir el desenlace. Pero, fundamentalmente, El sueño de Hipatia es un alegato contra el fanatismo y contra la intolerancia, y señala que si la humanidad sigue por ese camino no va a llegar a ninguna parte. Sin revelar mucho de la novela, lo que se traen Donald y Anne del sueño de Hipatia es la necesidad de comprensión de que mi cultura no es “la” cultura, que mis actitudes ante la vida no son “las” actitudes ante la vida, mis formas de entender lo que me rodea no son “las” formas de entender lo que me rodea, sino que hay culturas diferentes, maneras de ver la vida distintas y que su cultura no es mejor ni peor que la mía, solamente es la suya. La humanidad podría caminar por esa dirección si somos capaces de hacerlo, pero como haya uno que quiera imponer sus planteamientos por la fuerza, por la violencia, va por muy mal camino. El mensaje de El sueño de Hipatia quiere ser un mensaje de esperanza y de ilusión al pensar que eso es posible.

Es inevitable mencionar Ágora, la última película de Alejandro Amenábar. ¿A qué se debe esta coincidencia?

Creo que Amenábar ha dicho que llegó hasta Hipatia porque es un enamorado de la astronomía, e Hipatia es una conocida astrónoma del mundo antiguo. Yo no llegué a Hipatia por esa vía, llegué a ella porque siempre me han interesado las mujeres que han tratado de romper los esquemas que la sociedad de su tiempo les quiso imponer. Ya lo había hecho con Caterina Sforza en La dama del dragón.

Estaba leyendo un ensayo sobre Hipatia de una historiadora croata  (Hipatia de Alejandría, de Maria Dzielska -Editorial Siruela-) y me encontré con el personaje. Pensé que era una de las mujeres que había que rescatar. Comencé a indagar y me di cuenta que hay muy poco sobre Hipatia, que es muy poco lo que podemos afirmar con rigurosidad. Probablemente se pueden llenar dos o tres folios. Por eso me interesaba el marco histórico en que vivió y que le podía dar cuerpo a una novela. Y así empezó. Luego, a principios de 2009, mi editor me preguntó cómo llevaba mi novela de Hipatia. Nunca me había puesto plazo para entregar el texto, pero me plantearon si les podía entregar el original en junio. Al principio me quedé un poco sorprendido y pregunté el motivo. Me dijeron, y yo no sabía nada, que Amenábar estrenaba en otoño una película y querían sacar la novela en ese momento. Por eso, cuando dicen que ha sido una coincidencia, respondo que no. Nosotros asumimos el reto de publicarla en esas fechas y entendimos que era el oportuno para ello, pues mucha gente se iba a interesar por Hipatia a raíz de la película.

Vemos como al padre de Hipatia se le cae el mundo encima al recibir la noticia de que le ha nacido una hija. ¿No es esto algo misógino? Luego el padre de Hipatia cambia su actitud y la educa en la ciencia y el conocimiento.

Se ha dicho muchas veces que la mujer queda en un papel secundario cuando el cristianismo toma las riendas de la sociedad. Pero era así desde siempre. Alguien podría llamarse a error al pensar que eso se produce justo en ese momento. Yo he querido poner de manifiesto como, en una familia que no es cristiana, que vive bajo la formación clásica desde el punto de vista académico, que se siente hija de esa civilización greco-latina, al recibir Teón de Alejandría la noticia de que va a tener una niña, se hace patente su desilusión. He querido recoger que eso era una realidad, que la mujer ya estaba relegada a un papel secundario incluso en una sociedad como aquella y que no hay que culpar al cristianismo solo por ser el cristianismo, a cada cual lo suyo.

Luego, hay una relación de padre e hija muy tierna en la que Teón va viendo como esa niña se va convirtiendo en una cabeza muy bien armada, capaz de llegar muy lejos. Y comienza a entusiasmarse. Tras la escena del ágora, las costuras de la túnica de Teón crujen porque está feliz de ver que aquella hija que le produjo al principio tanto desencanto se ha convertido en un personaje muy importante.

Recomiéndanos dos libros.

La cuarta cruzada y el saqueo de Constantinopla, de Jonathan Phillips (Crítica) y una novela histórica,  El rey Felón de José Luis Corral (Edhasa).

Pedro Crenes Castro
http://senderosretorcidos.blogspot.com

Pedro Crenes Castro

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es columnista en 'La Prensa' y colaborador en la revista hispanoamericana 'Otro Lunes'. Es autor de los libros “El boxeador catequista”, “Microndo”, "Cómo ser Charles Atlas" y "Crónicas del solar". Actualmente imparte talleres literarios en “Párrafos. Talleres de escritura” en la ciudad de Vigo.

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