Otra noche de mierda en esta puta ciudad

Otra noche de mierda en esta puta ciudad narra el inesperado y nada deseado encuentro que experimenta Nick Flynn con su ausente padre, Jonathan. Después de pasar una infancia complicada, de conocer a todos los novios maternos, algunos nada recomendables, de abandonar los estudios, de pasar por trabajos de lo más variados, de coquetear con el mundo mafioso —enchufado por su madre—, de probar unas cuantas drogas y de beber más de la cuenta, del suicidio de su madre y de decepcionar a casi todo el mundo; empieza a trabajar en un refugio para los sin techo, impulsado por la necesidad de redimirse, de encontrar un trabajo que no le obligue a odiarse; y cuando está en la tarea de reconstrucción, aparece su padre, alcohólico crónico, delincuente de poca monta que ha pasado un buen tiempo en la cárcel, totalmente desquiciado, mezquino y egocéntrico hasta lo esperpéntico, racista y homófobo radical, autoproclamado uno de los mejores escritores americanos, un clásico de la talla de Salinger o de Twain, del que nadie ha leído nada.

Otra noche de mierda...Nick, autor y protagonista, se enfrenta al dilema: ayudar a su viejo o no. Estar cerca de él le recuerda que podría ser una versión de ese padre al que no había visto en dieciocho años. Algunos indicadores le hacen pensar que va en esa dirección. Por otra parte, no ayudarle, aunque no se lo merezca, le obliga a odiarse, pues no deja de sentir algo por el despojo humano que es su padre, no deja de sentir que le debe algo. Consigue alcanzar un punto intermedio, una especie de cordialidad distante, ni cariño ni odio, condescendencia en todo caso. Y al final nos enteramos de que ese libro del que Jonathan habla en sus cartas y que durante treinta años va bien encaminado, la gran novela americana que le hará pasar a la historia, El hombre del botón, existe; sus primeras treinta páginas tienen sentido, el resto, como la vida de Jonathan, se desmorona en el sinsentido.

Nick Flynn elabora una complicada mezcla de estilos y formas narrativas en una novela fragmentaria que juega a sorprender a base de digresiones cada pocas páginas. Pueden gustar más o menos (abstenerse adictos de la linealidad), pero no se le puede negar la clase que requiere encajar todo sin que casi nada chirríe y sin que la forma no se coma la historia. Consigue ofrecernos un estremecedor fresco del mundo de los sin techo, gracias a una disección que nunca intenta justificar la suerte de los que lo habitan. Y es todo un logro dedicarle tantas páginas a algo a priori tan aburrido y convertirlo en una historia apasionante. También le dedica muchas páginas a la decadencia de su madre, de pareja en pareja, de mal en peor. Justo después del suicidio de su madre, totalmente derrotada, el autor nos cuenta lo siguiente:

“He robado el árbol porque en un libro de autoayuda leí que, a raíz de un trauma importante, es preferible no introducir grandes cambios en la vida, seguir haciendo lo de siempre. Habría vuelto a trabajar con los gangsters, pero la banda entera estaba en la cárcel. Todo se había venido abajo el año anterior, cuando se pusieron a traer cocaína en avión, y a consumirla, y a volverse descuidados. Hasta mi madre empezó a aficionarse, llevaba unas pajitas cortadas en la guantera del coche, me las encontré una vez que volví de la universidad, y las abrí para lamer los amargos residuos. Y ahora ese coche es mío, el primer coche nuevo que jamás tuvo, una ranchera Subaru. Lo aparco y no vuelvo a tocarlo en la vida”. (pp. 143 − 144).

Plaga el libro de frases lapidarias y de párrafos demoledores que quedan en la memoria, infectados de humor negro. Y llegando al final, le da un arranque de autocrítica, o de metanarrativa, o de lo que sea:

“Me paso la noche vagando entre esas siluetas, a veces hablo con ellas, y junto a algunas dejo algo de comida. Otra manta. Un abrigo. Cualquiera de ellas puede o no puede ser mi padre. Aunque los espectadores esperan el encuentro, para eso han pagado, es posible que no dé con él. Pueden pasar semanas sin que se alcance ese punto culminante. A lo mejor ha conseguido alojamiento, o se ha muerto, o se ha marchado de la ciudad, aunque me parece improbable. La acción languidece, el público se aburre de tanta repetición, siempre las mismas caras,…» (p. 249).

Viviendo como un Flynn [2012] Being FlynnSe me antoja difícil tener una opinión no dubitativa a propósito de la adaptación de una novela tan difícilmente adaptable. Si algo consigue Nick Flynn en Otra noche de mierda en esta puta ciudad es contar muchísimo en poco espacio y de una manera aparentemente desordenada, pero que desde el principio se revela muy calculada. El guión de Being Flynn (Viviendo como un Flynn) tiene que cortar por algún sitio para poder acometer la adaptación. Es imposible decir con certeza que el corte hubiese sido más o menos dañino en otro sitio o que haya una forma de cortar sin que el conjunto sufra tanto. O a lo mejor es que algunas novelas nunca fueron pensadas en clave cinematográfica: esa extraña inconsistencia del andamiaje de la historia que nota pero no acaba de entender el espectador que no ha leído el original, ese pilar eliminado que enseguida echa en falta el lector. En el caso que nos ocupa, bien podrían haberse extendido un poco más allá de los noventa minutos para salvar algunas de las subtramas. Se dejan cosas realmente importantes, sobre todo la deriva mafiosa de la madre del protagonista, los antecedentes de su suicidio y de la decadencia final del protagonista. Cortan también todas las subtramas que aportan humor al relato, todos los intentos del padre por ser un auténtico estafador, casi todas las situaciones embarazosas y/o estrafalarias de los personajes, dejando al final una película realmente deprimente. Y cuando parece que Paul Weitz, guionista y director, se va a atrever a poner algo de carne en el asador, nos deja con la miel en los labios, como si le tuviese miedo a la auténtica polémica.

Siendo un tanto malicioso, se podría decir que Weitz intenta redimirse con un dramón, después de haber perpetrado una estupenda comedia gamberra (American Pie), cosas infumables (Down to Earth y otras de las que se ha oído hablar muy mal), comedias ligeras (Algo más que un jefe, Un niño grande), parodias muy fallidas y sin mordiente (American Dreamz) y películas que nunca debieron escribirse (Ahora los padres son ellos). Malas manos para manejar un material tan sensible como las vidas de Jonathan Flynn y Nick Flynn. Si a eso le sumamos Robert De Niro, por momentos una caricatura de sí mismo y de su mito de histriónico, nos queda una película que podría haber sido mucho mejor y se queda en un quiero y no puedo demasiado deprimente. El resto del reparto, con especial mención para Paul Dano y Olivia Thirlby, está a la altura del reto; pero al final, como resultado del conjunto, se estrena directamente en DVD.

Jesús Díaz de Lope

Jesús Díaz de Lope

Nació en septiembre de 1984 de manera esperada, estudió desde chiquito con los salesianos, salió de allí y acabó licenciándose en Sociología, a la que no se dedica. Luego estudió otras cosas y ahora realiza trabajos de lo más variopintos, va complusivamente al cine y tiende a escribir por la noche.

2 Comentarios

  1. Sr. Jesús Díaz de López:
    En la ficha del libro falta el nombre del traductor. Se trata de un dato importante para los lectores que no debería pasarse por alto. ¿Podría usted incluirlo en esta y en futuras reseñas que haga de libros traducidos?
    Una lectora agradecida.
    Muriel

  2. Saludos, Muriel. En Revista de Letras incluímos siempre los nombres de los traductores en las fichas de edición (si constan, hay ediciones editoriales en las que ni se les cita), cuando se trata de reseñas o críticas, no así en los artículos, reportajes o entrevistas a autores, quizás una mala costumbre adquirida en España por parte de los medios, en general. No niego que deberíamos tenerlo en cuenta y ser el primer medio español (y posiblemente mundial) en hacerlo en todas y cada una de las piezas que publicamos, pero hasta ahora no nos lo habíamos planteado. Tomamos buena nota.
    Gracias.

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