“Todas mis vidas posibles”, de Beatriz Rivas
Por Javier MunguÃa | CrÃticas | 15.12.09
Todas mis vidas posibles. Beatriz Rivas
Alfaguara (México, 2009)
Hay una frase de Mario Vargas Llosa que, desde que la leà por primera vez, me pareció especialmente seductora, y esa seducción se han mantenido incólume a lo largo de los años. Tal frase, que puede encontrarse en el libro de ensayos La verdad de las mentiras, dice: “[las novelas] se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un deseo insatisfechoâ€.
Genial, ¿no? No sé ustedes, pero yo sà leo ficciones para acceder a experiencias que probablemente nunca vaya a vivir en la “vida realâ€. Por ello me deja perplejo ese lugar común que liga la lectura con el aburrimiento. Por el contrario, los buenos libros lo llevan uno a territorios que nunca habrÃa podido pisar de otra manera, a ser todas esas personas que uno no se atreverÃa a ser en su corta y siempre de alguna forma gloriosa vida, pero que en cierto modo aspira a ser aunque sea para saber qué se siente estar en esa piel, en otras pieles.
Esa misma idea es el eje de la gran novela de Vicente Leñero (y no suficientemente valorada) La vida que se va, que cuenta las muchas vidas de Norma Andrade: mientras el grueso de las mujeres y los hombres nos vemos obligados a decidir por ciertas posibilidades y al mismo tiempo cancelar otras, Norma las elige todas. El libro se vuelve vertiginoso cuando se abren bifurcaciones dentro de otras bifurcaciones, y uno se ve obligado a seguir una buena cantidad de planos espaciales y temporales que consiguen la ubicuidad de la protagonista.
Todas mis vidas posibles, novela de Beatriz Rivas, parece ser heredera de la de Leñero. A la narradora (llamada Beatriz, como la autora, y autora también de novelas, de las mismas novelas que ha escrito Beatriz Rivas) le llega un dÃa una carta de un asesino que ha leÃdo un libro suyo y que quiere expresarle su admiración. A pesar de saber que el condenado a muerte ha matado a sangre frÃa a dos de sus ex novias, Beatriz no puede evitar ponerse en sus zapatos y preguntarse qué sentirÃa de saber que tiene los dÃas contados y que su trayecto vital terminará de forma miserable en una silla eléctrica. A raÃz de esta empatÃa, Beatriz empieza a fantasear con ser otras muchas Beatrices, con escribir una novela sobre el tema. La que leemos es el resultado de esas cavilaciones.
Beatriz se da a la tarea, pues, de transformarse en otras mujeres con su mismo nombre que siempre tienen algo de ella misma. A razón de una mujer por capÃtulo, vemos desfilar a una periodista asesinada en Ciudad Juárez, a la madre de esa periodista, a la Beatriz de Dante, a la Beatriz de Carlos Ruiz Zafón, a una Beatriz nacida en España, pero con sangre africana, que vuelve a su tierra, a una Beatriz voluntaria que presta servicio a los africanos que buscan una vida mejor emigrando a Europa, entre otras Beatrices.
Siempre la primera Beatriz, presunta autora de la novela que leemos, vuelve para reflexionar sobre sus muchas vidas o para darnos noticias de un posible encuentro con el asesino que le inspiró su novela múltiple.
El ejercicio narrativo es, sin duda es interesante. Sin embargo, las distintas mujeres protagonistas y narradoras no consiguen la unidad o un punto de encuentro que pueda resultar explosivo o sobrecogedor para el lector. Una historia empieza y se acaba sin conseguir aún el deseado estremecimiento; luego viene otra historia que, aunque se esfuerza en dar en el blanco, no atina del todo. Uno termina por creer que la elección de las Beatrices fue un poco apresurada o arbitraria. A pesar de ello, Beatriz Rivas es arriesgada, se atreve a sugerir nuevas formas de hacer una novela, formas fragmentarias e incompletas, y ahà está lo valioso de su aportación, aun cuando, en la suma final, nos quede debiendo.
Javier MunguÃa
http://javiermunguia.blogspot.com












