“Tormenta de espadas”, de George R. R. Martin
Por Javier Munguía | Reseñas | 16.07.12
Tormenta de espadas (Canción de hielo y fuego III). George R. R. Martin
Traducción de Cristina Macía, Adela Ibáñez, Natalia Cervera y Alejo Cuervo
Plaza y Janés / Gigamesh
(México, 2012 / Barcelona, 2005)
Desmesura y grandeza son adjetivos que definen bien tanto la tercera entrega de Canción de hielo y fuego como la saga completa, al menos hasta el tomo que me ocupa. George R. R. Martin ha creado un mundo amplísimo, brutal y complejo, que rehúye el maniqueísmo y explora las pasiones humanas con agudeza y sin concesiones a las buenas costumbres; un mundo situado en una Edad Media imaginaria, atravesada por la magia y lo sobrenatural pero no supeditada a ello, y de una rabiosa actualidad.
En Tormenta de espadas la hostilidad entre los distintos reyes de los Siete Reinos del Poniente no ha cesado, si bien las batallas no abundan. Más bien se desgranan intrigas, alianzas, traiciones, misiones y estrategias para continuar la lucha en una posición ventajosa. La estructura de nuevo consiste en alternar las perspectivas, siempre a través de un narrador en tercera persona, de algunos de los personajes centrales. Dichas perspectivas varían de tomo a tomo: algunas se mantienen, mientras que otras se eliminan o se incorporan. En esta tercera entrega, los hijos de Ned Stark siguen teniendo gran protagonismo: vemos desde los ojos de Sansa, Arya, Ben y Jon. A la perspectiva de Tyrion Lannister, representativa de su familia, se incorpora la de su hermano Jaime, que en este tomo pasa de ser un asesino insensible a un personaje más ambiguo y reflexivo. Si en Choque de reyes los planos de Jon Nieve y Daenerys Targaryen resultan un tanto despoblados en comparación con el resto, en Tormenta de espadas cobran un vigor y una densidad similar a la de sus pares.
El multiperspectivismo es un procedimiento capital de esta serie. En vez de optar por seguir la travesía de un héroe central, o solo de uno de los bandos en pugna, el autor nos permite ver desde los ojos, las ideas, los prejuicios y las emociones de una gama de personajes que abarca posiciones diversas y opuestas entre sí. El recurso, pues, no parece fortuito ni tiene como función simplemente darle variedad a la historia a través de la alternación de focos, sino que influye de manera sustancial en la configuración del mundo ficticio: al no haber un centro dominante, el lector se ve en la necesidad de entender mejor las motivaciones de los distintos personajes sin pegarles a priori la etiqueta de héroes o villanos. Si en el primer tomo, pese a la resistencia de Martin a hacer personajes planos, de una sola cara, los dos bandos en pugna parecen bien diferenciados, uno honorable y el otro cruel e inescrupuloso, conforme la saga avanza va quedando más claro que la tentación del poder se enseñorea en todos lados, y descubrimos creaturas ficticias con hondos conflictos, ni santos ni monstruos, sino seres marcados por su pasado, sus familiares y sus allegados, sus habilidades y sus defectos.
Si en el tomo inaugural de la serie se envuelve al lector con misterio y suspenso desde las primeras páginas, no ocurre así en los dos siguientes: no hay un nivel de tensión muy elevado y el autor, ya con sus lectores cautivos, se toma su tiempo para desarrollar e intensificar las situaciones conflictivas entre sus personajes. Pese a que el ritmo no es trepidante, sobre todo en la primera mitad de los tomos dos y tres, la acción nunca deja de ser el eje de la historia y no faltan sobresaltos y revelaciones. Martin teje su mundo de ficción de forma paciente y sólida, de modo que la mayor parte de los episodios narrados resulta crucial, ya sea para el desarrollo de la trama o para la configuración de los seres ficticios. No estamos, pues, ante una historia ligera, apresurada por avanzar a costa de sacrificar profundidad, sino ante un relato que pide lectores atentos y dispuestos a renunciar al ritmo del thriller.
Como las entregas anteriores de Canción de hielo y fuego, Tormenta de espadas no posee un estilo muy adornado (a juzgar por la traducción), que erróneamente se confunde en ocasiones con el estilo “literario”. Hay lenguajes sencillos que pueden sugerir mucho más que otros ampulosos, sobrecargados. Es el caso de esta historia, cuya apuesta no parece ser la experimentación con el lenguaje, por lo cual no se puede decir que falla en este punto, sino la conmoción del lector a través de una firme arquitectura y una prosa limpia y funcional, que dice y esconde lo justo.
Si bien encuentro justificado el furor que esta saga ha esparcido y sigue sembrando en millones de lectores de distintas lenguas, también advierto que no se trata de un relato para todo el mundo. En primer lugar, su volumen (de 800 a 1200 páginas en letra pequeña por tomo) basta para amilanar a muchos posibles lectores, que requerirían invertir muchas horas en su lectura. Después está su ambición desquiciada, que parece querer agotar todo su territorio ficticio, geográfica y cronológicamente, y que puede producir en el lector una sensación de cansancio. Además, como queda anotado, no se trata de una narración que siempre ponga énfasis en el suspenso, sino de una con tramos morosos, aunque nunca áridos. Si quien lee logra pasar los posibles agentes disuasivos, quedará ampliamente recompensado por una serie narrativa de una potencia e intensidad tan grandes como su amplitud, que se vuelve más compleja de tomo a tomo y que bucea con sabiduría y sutileza por las más diversas pasiones humanas, de modo que nos permite conocernos mejor a nosotros mismos.
Javier Munguía
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