Javier Azpeitia: «Las editoriales deberíamos aportar ideas a las instituciones para mejorar la política cultural»

Javier Azpeitia, director de 451 Editores, es uno de esos profesionales que adora lo que hace, que apuesta y no se equivoca porque lo hace con el estómago. Le conocí como tutor en el Máster de Edición que realicé el año pasado y, desde entonces, mi relación con él no ha sido más que una suma de generosidades por su parte.

Esta entrevista no es más que una pequeñísima semblanza de un hombre del que podríamos hablar durante mucho tiempo.

¿Qué da más miedo en el mundo editorial, los autores o el público?

Nunca me había planteado la cosa en términos de temor, no consigo concebirlo así. En ese caso yo lo llevaría todo bastante mal, pues soy cualquier cosa menos un valiente, creo (nunca se puede estar seguro de ello sin haber vivido ciertas experiencias).

Me parece que los quebraderos de cabeza que nos dan a los editores los autores son buenos para que no nos obsesione el quebradero de cabeza fundamental: el del lector. La edición es el arte de definir, encontrar y seducir a los lectores adecuados para cada libro y autor. Complejo.

¿Con qué filosofía nació 451?

La filosofía no es muy original: transmitir el placer de la lectura de la buena literatura.

¿Es cierto que los libros arden mal, como ya dijo Manuel Rivas en su novela homónima?

Literalmente es así. Mucho humo y poca consumición del interior. Es más fácil destruir un libro con agua que con fuego. Pero donde debe arder un libro es en la cabeza del lector, eso está claro, aunque, como sabe cualquier lector, es una combustión difícil de lograr.

¿A quién le gustaría editar?

Ya que puedo elegir, doy dos nombres.

Blas de Otero

Creo que sería un editor excelente de Valle-Inclán, al que considero pésimamente editado. Y creo que sería excelente editor de Blas de Otero, sobre todo de los dos últimos poemarios, Hojas de Madrid y La galerna, que, frente a toda lógica (los dejó preparados en carpetas para su editor antes de morir), y con grave irresponsabilidad por parte de quien sea, siguen sin editar. Lo siento, porque en ambos casos los herederos se convierten (voluntaria o involuntariamente, no soy quién para juzgarlo) en obstáculo, con toda probabilidad insalvable. Siempre aconsejo a los autores que conozco y aprecio que no se mueran, para evitar estos problemas.

¿Le puedo preguntar a quién no le gustaría editar, o es demasiado políticamente incorrecto?

Uno de los trabajos principales de un editor es saber decir que no, y esto puede hacerse bien o mal, como todo trabajo. Me parece que no es una de las cosas que peor hago, pero eso no me toca a mí juzgarlo.

Ahora bien, no se me ocurriría nombrar a alguien que piense que no deba ser editado. Creo que la edición es un trabajo limpio, y que puede editarse bien cualquier libro, aunque sea del enemigo público número uno, o aunque el texto contenga ideas éticamente inaceptables desde el punto de vista del editor. Por poner un ejemplo fácilmente comprensible: estaría totalmente en contra de la prohibición o censura de la novela de Franco o las memoria de Hitler. Creo que editar no es suscribir ni apoyar nada, sino mostrar, poner sobre la mesa, hacer público algo. Y eso, a pesar de que hoy, como casi siempre, todo se convierte o en propaganda o producto de mercado, cuando no en ambas cosas.

¿Hay que hacer un máster para ser editor?

Los que nos hemos formado trabajando sabemos que cualquier formación reglada anterior es tan necesaria como insuficiente para un proceso tan complicado como el de hacer un libro, no digamos ya un catálogo. Para ser editor hay que formarse como sea, de forma reglada o no reglada. Uno debe valorar los modos de formarse en función de sus posibilidades. La experiencia al final es lo que nos descubre si somos profesionales o aficionados. Pero estas cosas no pueden saberse de antemano.

Le doy el manuscrito que tiene como elementos: algo relacionado con la iglesia (véase los templarios, la Sábana Santa, la pederastia…), tensión sexual resuelta al final en una escena tórrida de sexo entre los personajes, y un misterio por descubrir, ¿qué hace con ella una vez leída?

Bueno, siempre hay que plantearse previamente si uno lee un texto o no lo lee. En 451 recibimos anualmente más 700 obras inéditas en castellano para que consideremos su edición (entre novelas, libros de relatos y alguna de no ficción), y la lectura intensa de todo impediría (económica y humanamente) el proyecto editorial.

Por sí solos, esos que se bosquejan son todos elementos interesantes para una narración. Los templarios se mostraron como una agrupación que poseía una visión tan moderna como deplorable de la economía, la guerra y la transmisión (ocultación, habría que decir) del conocimiento, enfocadas hacia la asunción y el manejo del poder. La Iglesia es uno de los factores de mayor influencia social de la actualidad (por no hablar del pasado), nos guste o no. El sudario de Turín, por su parte, simboliza el poder de la imaginería y la ficción en la representación del mensaje religioso, y me temo que ese es también un tema actual, no olvidemos que, por ejemplo, los talibanes afganos lo primero que hicieron, en el comienzo de conflictos culturales que tienen pinta de prolongarse algunas décadas todavía, fue derruir imágenes de budas. La pederastia está en la conformación de la cultura occidental (por no hablar de la oriental), como práctica habitual en la sexualidad de la cultura griega y la romana, y hoy es un tabú, por más que sea constantemente transgredido, como están comprobando ahora los que no lo sabían. En cuanto a la tensión sexual, resuelta en escenas tórridas, conozco pocas novelas modernas que no la tengan, parece que se ha convertido en un elemento imprescindible, no sé bien por qué razón, pero evidentemente hay que contar con ello.

Pero esos elementos reunidos en una novela forman sin duda una obra con voluntad de lo que se llama, no sin recochineo, «best seller internacional», y no existe una colección en 451 en la que quepa algo así.

Aunque hay que tener cuidado con los prejuicios (indispensables para evitar una exhaustividad inasequible, pero peligrosos como forma habitual de encarar los juicios literarios), y yo recomiendo siempre empezar a leer. Lo que haríamos, entonces, es empezar a leer: bien usados, esos mismos elementos pueden llegar a constituir una novela de calidad literaria (a través de lo que podría ser una parodia de ese género, igual que, por ejemplo, el Quijote es una parodia de las novelas de caballerías, sin dejar de ser una novela de caballerías). Tras confirmar que la obra es lo que parece y no algo de interés (suele bastar un puñado de páginas), le pondríamos una breve nota al autor diciéndole que no es un libro para nuestro catálogo, claro.

Cuando edita un libro ¿qué prefiere (no puede quedarse con las dos opciones), que sea un éxito comercial o un éxito de crítica?

Un éxito comercial, sin ninguna duda. La selección de calidad literaria la hacemos, con mayor o menor acierto, previamente, a partir de criterios que no tienen por qué coincidir con los de los críticos. Y el éxito de crítica, siendo tan improbable como el éxito comercial, nunca sale en la cuenta de resultados que sostiene un proyecto.

En este país hay que editar narrativa porque…

Bueno, no soy lo que se dice un defensor de la utilidad de la literatura. Creo que la narrativa sirve para proporcionar un conocimiento distinto del mundo, alternativo al conocimiento que proporciona la experiencia directa, que está poblada de detalles que se nos escapan, sin significado aparente para la historia de nuestra vida. Una narración es, al fin y al cabo, el relato de una transformación (de forma elemental, la transformación de un personaje), y vivir es ir transformándose, así que la narración no suple la vida, más bien habría que decir que la complementa. Es razón suficiente para editar narrativa, no lo voy a descubrir yo ahora.

En este país no hay que editar poesía porque…

Hay que editar poesía. Por más que a mí no me interese la poesía que se está editando, en la medida en que la conozco.

¿Qué responsabilidad cree que tienen las editoriales en el descenso de la lectura de la literatura de calidad, ante el avance de los libros “en serie” (libros que siguen unas coordenadas comunes para lograr un mayor número de ventas)?

No estoy convencido en absoluto de que haya un descenso en la lectura de la literatura de calidad, ni siquiera un avance de la de los libros en serie. Por otro lado, las puertas por las que se accede a la literatura de calidad son variadas, y sin duda los libros en serie que no sean literatura de calidad siempre pueden acabar llevando al lector hacia allí.

Veo responsabilidad en las editoriales, de cualquier modo, ante el hecho de que no se fomente la lectura: pero no por publicar libros de un tipo u otro, sino por nuestra incapacidad para asumir, definir y activar los cambios de política cultural necesarios para hacer que la situación mejore, transmitiéndoselo a las instituciones con un mensaje claro y buscando aportaciones concretas desde el sector.

Canon en las bibliotecas, ¿sí o no?

Ese es un buen ejemplo práctico que sirve para demostrar lo que he respondido a la anterior pregunta: ante la necesidad de lograr un sistema bibliotecario en condiciones para nuestro país, sin el cual es imposible el avance de la lectura y toda la riqueza que algo así aporta a la ciudadanía, ante eso, ¿qué hemos hecho los editores? Nada. Yo creo que es evidente que el problema de nuestro sistema bibliotecario no es el de que haya canon o no. Nuestro sistema bibliotecario es ínfimo comparado con el de los países del entorno y lo que necesita es un aumento de presupuesto (o, mejor, un aumento de la habilidad de gestión de ese presupuesto: los libros se pudren en almacenes y las bibliotecas están vacías, ¿no hay nadie que estudie la situación y encuentre soluciones prácticas y positivas para todas las partes?). No: instituciones participadas por los que somos editores y autores, como Cedro, en vez de centrar sus esfuerzos en exigir que esas instituciones prosperen y funcionen o en debatir y aportar soluciones prácticas, como deberían, se dedican principalmente a perseguir a ciegas bolsas de dinero del presupuesto cultural, como esta del canon de bibliotecas, para repartirlas entre sus asociados y engrosar al tiempo sus cuentas. Hechos así son muy decepcionantes, al menos para mí.

¿Cuál va a ser el próximo libro que veamos de 451 en las librerías?

La novela de Mario Cuenca Sandoval titulada El ladrón de morfina. Una novela sobre la identidad (¿por qué somos todos tan iguales y tan distintos?, ¿por qué nuestro yo está conformado por seres tan distintos?, ¿en qué medida somos el producto de una ficción que nos transforma?), envuelta en el género bélico, tan poco habitual en nuestro país (ambientada en la guerra de Corea), y que a mi juicio convierte a Mario, unida a su primera novela, Boxeo sobre hielo, en uno de los escritores más ambiciosos, profundos y llamativos de nuestro país.

Carmen Moreno
http://letratlantica.blogspot.com

Carmen Moreno

Carmen Moreno es licenciada en Filología Hispánica por la UCA, Máster en Contabilidad y Finanzas (Cerem), Máster en Edición (Universidad de Salamanca). Tiene siete libros de poemas publicados y uno de relatos. Ha trabajado de guionista para TV, gestora cultural, impartiendo talleres. Actualmente trabaja de A.T. Cultural para el Ministerio de Igualdad.

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